Me gusta mucho, lo quiero mucho... y pese a que yo quisiera estar mucho más tiempo con él, es difícil compaginar. Diciembre y enero son nuestros meses se nos da por estar juntos, por compartir calle, vagar por el Centro Histérico, por Coyoacán, tenemos un gusto especial por caminar en el centro cultural de Ciudad Universitaria.
Ayer, una mañana de octubre, contra nuestra costumbre decidimos salir, hacer calle, tenía varias compras que realizar en el centro y me dije, pués por qué no, total, me parece que el ambiente es más que propicio... y salimos... sin embargo, al salir del metro Bellas Artes, como que las cosas comenzaron a no funcionar del todo bien, había un clima que no era el que solemos compartir... y es que lo nuestro no se da en las mañanas de octubre. Pero me propuse que no se nos arruinaría la mañana, que tenía muchas ganas de caminar y que lo haríamos. Pero primero desayunar... y sí, un delicioso café caliente, unos huevos rancheros (mis más favoritos entre los favoritos) porque los sábados puede pasar cualquier cosa, pero de que se deayunan huevos, se desayunan... y ya con la panza llena las espectativas para nuestro paseo, crecieron.
La calle Madero estaba cerrada, maravillosamente cerrada como sucede ahora los fines de semana. Es una delicia poder caminar sin prisa, sin empujones, con toda la calle para ir por donde se nos diera la gana, vimos aparadores, visitamos tiendas, entramos al Mix Up y sentimos nostalgia por tiempos idos y por antiguas compañías, pero decidimos que los fantasmas del pasado no nos iban a arruinar la mañana.
Cumplidos los objetivos de mis compras, encaminamos nuestros pasos hacia la Alameda. No sin antes emprender un pequeño ritual: ir al Sanborns de los Azulejos y comprar trufas... ya con el tesoro entre las manos, a la Alameda...
Caminamos con calma, vimos a los polis charros en sus caballotes y yo preguntándome ¿quién se encarga de recoger la boñiga que tan pintoresca postal pa los turistas produce y que tan mal olor y molesta es para los caminantes?
Encontramos una banca, nos instalamos y disfruté mis trufas, en ese espacio que se abre en el universo para ser feliz mientras se deshacen en tu boca.
Luego de un rato emprendimos el regreso hacia Bellas Artes, en cualquier momento sonaría el celular avisándome que mi auto estaba listo y había que recogerlo en el servicio. Mientras curioseabamos en la librería Gandhi, el teléfono sonó. Hora de volver.
Nos dirigimos al metro Bellas Artes, mientras pienso que sí, que vale la pena repetirlo, total, aunque no sea diciembre, aunque no se enero, aunque sea una calida mañana de octubre, vale la pena sacar a pasear al abrigo.

























